A la sombra de la frontera entre Estados Unidos y México, 500 000 personas viven dispersas en unas 2300 colonias —comunidades no incorporadas donde residen principalmente migrantes indocumentados, incapaces de aventurarse más allá de la jurisdicción de 160 km de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza por temor a ser detenidos y deportados—. Estas aldeas soportan condiciones de gran precariedad económica, en gran medida sin regulación por parte de ningún nivel de gobierno y situadas fuera de los límites de las ciudades. Los terrenos en las colonias suelen venderse a precios exorbitantes: medias hectáreas propensas a las inundaciones y sin valor agrícola se venden por 80 000 dólares a pagar en 30 años con un interés del 25 %. Los residentes nunca son propietarios de la escritura ni acumulan patrimonio hasta que la propiedad está totalmente pagada, lo que significa que un solo pago atrasado puede suponer la pérdida de su hogar. Muchas de estas comunidades carecen de servicios básicos y de estabilidad económica, con una renta media por hogar de 28 900 dólares.

Es importante destacar que el Estado conoce la existencia de estas comunidades, la situación de sus residentes y las condiciones en las que viven. De hecho, el Departamento de Justicia dispone de una lista de colonias repartidas por todo el sur de Texas. Sin embargo, muchos residentes viven en un limbo legal, trabajando en negro en la economía informal que sustenta los beneficios del sistema. Muchos residentes de las colonias, que trabajan en la agricultura y la construcción, dependen, irónicamente, de las cajas de alimentos de los bancos de alimentos locales. Trabajan en los campos, pero son las empresas las que se benefician de las desgravaciones fiscales.

Esta situación refleja la historia bíblica de los israelitas bajo la opresión egipcia, a quienes se les valoraba por su trabajo pero se les negaba la dignidad por temor a su poder político. Es un claro recordatorio de que, aunque podamos vernos a nosotros mismos como Moisés guiando a un pueblo hacia la libertad, a menudo no vemos al egipcio que hay en nosotros, que vive cómodamente a costa del sufrimiento ajeno. Para muchos, sus penurias suelen pasar desapercibidas.

Por eso, este año me estoy centrando en un proyecto con «House of Love and Justice» —una organización no gubernamental cristiana local que defiende los derechos de las comunidades migrantes— para atender las necesidades más acuciantes de la colonia más desfavorecida: La Piñata. Nuestras iniciativas incluyen el fomento del liderazgo femenino, la formación y la provisión de recursos en materia de salud, la defensa de los servicios esenciales para estas comunidades y la impartición de educación parental cristiana que tenga en cuenta el trauma.

Como personal de campo, yo también vivo en la tensión de discernir mi propio entorno, pero la misión siempre está a nuestro alcance, estemos donde estemos. No necesitamos ir a Samaria ni a los confines de la tierra cuando tenemos a Jesús al otro lado de la calle, esperando a que salgamos de nuestras burbujas. Al hacerlo, podemos ver cómo el texto bíblico se hace realidad en nuestras vidas y vivir en la tensión de hacer justicia y practicar la misericordia en nuestro entorno, todo para la gloria de Dios.

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