By Rev. Paul A. Baxley, Executive Coordinator, Cooperative Baptist Fellowship Decatur, Georgia
«El Señor tu Dios te suscitará un profeta como yo de entre tus hermanos; a ese profeta le escucharás. Esto es lo que pediste al Señor tu Dios en Horeb el día de la asamblea, cuando dijiste: “Si vuelvo a oír la voz del Señor mi Dios, o vuelvo a ver este gran fuego, moriré”». Entonces el Señor me respondió: “Tienen razón en lo que han dicho. Les suscitaré un profeta como tú de entre sus propios hermanos; pondré mis palabras en boca del profeta, y él les dirá todo lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que el profeta diga en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas. Pero cualquier profeta que hable en nombre de otros dioses, o que se atreva a decir en mi nombre una palabra que yo no le haya mandado decir, ese profeta morirá».
– Deuteronomio 18:15-20, NRSV
Hace miles de años, el Señor prometió levantar a otro profeta como Moisés y, al hacerlo, también dejó claro que la vocación de cualquier profeta consiste en decir todo lo que el Señor le ordene. A menudo comenzamos nuestro camino de fe creyendo que la labor del profeta es predecir el futuro. Pero, en su sentido más puro, la vocación profética consiste en hablar en nombre de Dios en el presente. Si ello implica un mensaje sobre el futuro, es con el fin de
de fidelidad en el presente. Con la misma frecuencia, puede ser una palabra de desafío, de justicia o de esperanza, o una descripción de cómo Dios está actuando en el presente. En todos los casos, el mandato del profeta es escuchar cómo habla el Señor y luego comunicar lo que ha oído. La virtud más elevada de cualquier profeta
es la fidelidad al escuchar y al hablar. Los profetas no inventan los mensajes. Por el contrario, los profetas los reciben y los transmiten.
En el mundo actual, se necesita urgentemente la voz del profeta. Somos testigos de palabras y acciones que agravan las divisiones, perpetúan el racismo sistémico y alimentan el miedo y la opresión. Con demasiada frecuencia, estos mensajes destructivos provienen de quienes afirman representar a Dios. Ahora, más que nunca, necesitamos voces proféticas comprometidas con la justicia racial, que levanten a los oprimidos, desmantelen la desigualdad y visionen un mundo en el que cada vida sea valorada y protegida, porque sabemos que esto es aún lo que el Señor nos pide.
Como seguidores de Jesús, estamos llamados a «practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con nuestro Dios». Esto es más que un llamado individual; es un mandato para toda la Iglesia. El Señor busca levantar comunidades de testimonio profético: comunidades que denuncien el racismo, defiendan la equidad y amplifiquen las voces de los marginados. Este encargo profético es para ti, para mí y para nuestras congregaciones. ¿Tendremos el valor de encarnar el corazón de Dios y unirnos a su misión de justicia, para que podamos ser un faro de esperanza, reflejando la verdadera imagen de Dios en este mundo? ¿Hablaremos de manera que refleje el corazón, la mente y la misión de Dios?
Oración: Señor, haz que nuestras congregaciones y cada uno de nosotros, como seguidores de Jesús, seamos profetas fieles. Danos el valor para escucharte con claridad y para proclamar tu palabra con valentía en la búsqueda de la justicia racial y el amor. Que seamos instrumentos de tu verdad, encarnando la esperanza, el amor y la equidad en todo lo que hacemos. En el nombre de Cristo, Amén.
NOTA DE JUSTICIA
Los responsables políticos y los defensores de esta causa pueden utilizar la Herramienta de Evaluación de la Justicia Climática y Económica (CEJST) para dar prioridad a los recursos destinados a las comunidades desfavorecidas, abordando las disparidades que existen desde hace tiempo con un enfoque equitativo.
Más información: Accede al CEJST aquí.