Por Kirk, personal de campo de la CBF 

En el instituto, algunos nos preguntábamos quién de nuestra promoción sería el primero en fallecer, cómo y por qué.    
 
Cuando me convertí en profesor de inglés en el sudeste asiático, a principios de mis veinte años, me preguntaba si mis alumnos tendrían pensamientos similares. Tenía una relación especialmente estrecha con mi primer grupo de estudiantes universitarios asiáticos. Teníamos edades similares y conectamos de inmediato. Estas relaciones se prolongarían durante décadas. 

 
Uno de los estudiantes más tranquilos era Charles. Le encantaban los coches y las carreras de «rally»: una especie de yincana que se disputaba a lo largo de cientos de kilómetros de carretera. Tras terminar la universidad, montó una empresa de furgonetas turísticas, para poder estar siempre al volante. Era hijo único de unos padres ya mayores, no tenía parientes cercanos y nunca se casó; sus compañeros de clase se convirtieron en su familia.  
 
Unos días antes de Navidad, Charles sufrió un infarto mortal. Se encontraba a cientos de kilómetros de casa con un grupo de turistas. Sus compañeros de clase se encargaron de trasladar su cuerpo de vuelta a la ciudad donde todos nos habíamos conocido hacía más de treinta años para celebrar un funeral tradicional de cuatro días. 
 
Con gran pesar, hice un viaje de diez horas en coche para asistir al último día del funeral y la cremación de Charles. Su uniforme de carreras colgaba vacío de un perchero frente a su ataúd, junto con una selección de trofeos y fotografías de carreras. 
 
La ceremonia era típica de esta región. Los líderes religiosos entonaban cánticos en una lengua antigua desconocida mientras sostenían ante sus rostros unos abanicos en los que estaban escritos los siguientes mensajes: «Vete y no regreses jamás», «Duerme y no despiertes jamás», «No hay escapatoria», «No hay resurrección».  
 
No tengo ni idea de lo que Charles sintió en sus últimos momentos. Durante la universidad, había asistido a algunas actividades de la BSU y siempre se mostró respetuoso con los misioneros mayores que prestaban servicio en esa ciudad. Llevaba años en mi lista de oraciones, y una foto de toda su promoción de graduación sigue adornando mi despacho.

 
Las Escrituras lo dejan claro. Hay más en la vida que esta vida. Puede que nunca volvamos a este mundo, pero despertaremos. Gracias a Jesús, hay una salida. Hay resurrección.    
 
Por eso, animaos unos a otros con estas palabras. 

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