Por Daniel Sostaita
Pastor principal, Iglesia Cristiana sin Fronteras (ICSF), Winston-Salem, Carolina del Norte
«He aprendido que el dolor no es más que amor. Es todo el amor que quieres dar, pero no puedes. Todo ese amor sin dar se acumula en el rabillo de los ojos, en el nudo en la garganta y en ese hueco del pecho. El dolor no es más que amor que no tiene adónde ir».
—Jamie Anderso
El 23 de febrero de 2024, mi madre (nacida el 31 de julio de 1932) partió de este mundo para reunirse con el Señor. A nadie le gustan las despedidas ni esa dolorosa agonía, especialmente cuando se trata de un ser querido. Mi madre vivió los últimos 22 años en mi casa, junto con Irene, mi esposa desde hace 33 años, y mis tres hermosas hijas: Barbara (Barby, 31), Daniela (K, 29) y Victoria (Vicky, 24).
Cuidar de mi madre no fue fácil. Convertirse en el cuidador principal, sin recursos ni estatus legal, te convierte automáticamente en la única persona responsable de velar por la vida de la persona a tu cargo (mi madre). En este contexto, también se crea un vínculo único: el de ser un hijo que se hace cargo, un hijo que cuida y un hijo que da y recibe amor.
Comprender cómo el Señor nos ha cuidado todos estos años y entender que el sufrimiento puede ser una experiencia dulce en Cristo me lleva a otra reflexión: el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. El amor de mi esposa y de mis hijas es lo que me está dando fuerzas en este momento de duelo.
Reza, practica, reflexiona
Mi oración de hoy es esta: Gracias, Señor Jesús, por mi querida congregación de Sin Fronteras, por mis amigos, compañeros, vecinos, compañeros de lucha y líderes comunitarios; en definitiva, por todos aquellos que, día tras día, se comprometen a secar las lágrimas y a lavar los pies de nuestra comunidad. Ellos también me salvan cada día.
El dolor nos ayuda a ver las cosas desde la perspectiva de Dios; todo queda grabado en la memoria, que a menudo acaba salvándonos o rescatándonos.