Por Annette Ellard, personal de campo de la CBF 

Cuando Nuay Wah abandonó un campo de refugiados karen en Tailandia hace dos años, la situación no era tan aterradora como lo es para algunos refugiados que llegan a Estados Unidos. Ella y sus dos hijos menores se reunían con su marido, su hijo mayor y la familia de su hija, que ya se habían establecido aquí. Steve y yo los conocíamos desde hacía muchos años.   

Aun así, desde que Nuay Wah llegó, nos ha pedido ayuda de vez en cuando y le hemos dado ánimos a lo largo de este tiempo en el que hemos compartido nuestra vida. La primavera pasada, la ayudamos a conseguir una parcela en el huerto del centro comunitario cercano a su piso. A finales del verano, estuvimos a su lado cuando dio la bienvenida a su primer nieto. Y el otoño pasado, la apoyamos en todo el proceso cuando consiguió su primer trabajo como cuidadora a través de una agencia de asistencia sanitaria a domicilio. 

Justo después de Año Nuevo, me preguntó si podía ayudarla a mejorar su historial crediticio para poder comprarse una casa. Le dije que conocía un banco que tenía un programa especial para ayudar a la gente a mejorar su historial crediticio, pero que los participantes necesitaban una tarjeta de residencia permanente (también conocida como «tarjeta verde»). Ella ya había presentado su solicitud de tarjeta verde, que también es un paso previo para obtener la ciudadanía estadounidense, pero aún estaba a la espera de que se tramitara.  

Cuando por fin le llegó la tarjeta de residencia, enseguida quiso hacernos saber que ya la tenía. Estaba tan emocionada que no paraba de abrazarme y decirme: «Gracias. Gracias». Aunque yo no había tenido nada que ver con que le concedieran la tarjeta de residencia, sabía que estaba emocionada porque eso significaba que podía empezar a trabajar para alcanzar su sueño americano: tener su propia casa.

Ella, como todos los refugiados que conocemos, está agradecida por la oportunidad que tiene en Estados Unidos de empezar una nueva vida en un lugar donde se siente segura, acogida y libre. Está agradecida de encontrarse en un lugar donde puede contribuir a su comunidad y construir la vida con la que siempre ha soñado junto a su familia. Está agradecida de poder convertirse en ciudadana estadounidense.

Mientras no dejaba de gritar de alegría, saltaba de un lado a otro abrazándome a mí y a su tarjeta de residencia. «¡Gracias, Estados Unidos!», gritó. «¡Gracias, Estados Unidos! ¡Gracias, Estados Unidos! ¡Gracias, Estados Unidos!».

Y gracias, CBF, por insistir en que la presencia importa y por permitirnos ser la presencia de Cristo para los refugiados de Birmania en Louisville durante 19 años: cultivando una comunidad solidaria, buscando un desarrollo transformador y dando testimonio de Jesucristo a través de las dificultades y las alegrías cotidianas de la vida de los refugiados.
 

 

 

 

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