Por Sue Smith

Era Ramadán, y las mujeres del grupo «Fortalecimiento de las Familias » hablaban en voz baja de lo que echaban de menos.

El Ramadán es el mes más sagrado del islam, una época de renovación espiritual, oración, ayuno, generosidad y unión con la comunidad. Desde el amanecer hasta la puesta del sol, los musulmanes practicantesAyunan de comida y bebida. Las tardes se caracterizan por reunirse alrededor de mesas compartidas, compartir la hospitalidad y entablar conversaciones que revitalizan tanto el cuerpo como el espíritu.

En Afganistán, el día de ayuno concluye con solemnidad y belleza: una mesa cuidadosamente preparada, té servido lentamente, pequeños platos que se comparten entre los miembros de la familia. La hospitalidad no es solo una costumbre; transmite dignidad y sentido de pertenencia. Ahora, lejos de casa y cargando con el peso del desplazamiento y el reasentamiento, esos rituales familiares se echaban profundamente de menos.

«Strengthening Families» presta apoyo a padres de origen cristiano, musulmán y de otras confesiones religiosas, así como a aquellos que no profesan ninguna tradición religiosa, a través de un marco relacional y basado en el enfoque del trauma que respeta la fe de cada participante. En lugar de sustituir las prácticas culturales o espirituales, el programa busca reforzarlas, ayudando a los padres a identificar rituales significativos que puedan compartir en casa para fomentar la estabilidad, la conexión y la esperanza en la vida familiar.

La práctica basada en el enfoque del trauma nos recuerda que la seguridad suele recuperarse a través de los sentidos, por ejemplo, mediante ritmos familiares, rituales compartidos y espacios preparados con esmero. Durante el Ramadán, reunirse alrededor de la mesa es una de esas prácticas que nos ayudan a sentirnos arraigados.

Ese día concreto, en una de las sesiones del grupo «Fortalecimiento de las familias», la facilitadora preparó la sala de forma diferente para su grupo de mujeres afganas. En lugar del té tradicional y los platos habituales que solían compartir, decoró la mesa con flores: alegres, cuidadosamente elegidas y acogedoras. A medida que iban llegando las mujeres, les recordó con delicadeza: «Estáis ayunando de comida, pero no tenéis por qué privaros de la belleza».

El ambiente cambió. Los hombros se relajaron. Aparecieron las sonrisas. La conversación se hizo más profunda.

En ese momento, la belleza misma se convirtió en una forma de hospitalidad, un silencioso recordatorio de que la presencia de Dios no se ve mermada por el desplazamiento. El espacio transmitía seguridad. Se respetaban las tradiciones culturales y religiosas. La práctica espiritual se reconocía como una fuente de resiliencia. Las relaciones se fortalecían de formas que favorecían la sanación.

Las flores no sustituían a las mesas que las mujeres recordaban de su hogar, pero rendían homenaje al significado que esas mesas encarnaban. Más tarde, las participantes reflexionaron sobre cómo podrían crear pequeños momentos de belleza, oración o reflexión compartida con sus hijos durante el Ramadán, incluso en un entorno desconocido en un país nuevo.

En este encuentro, la tradición espiritual y la atención sensible al trauma se complementaron a la perfección. Nos recordó que respetar las prácticas religiosas de nuestros vecinos es, en sí mismo, una labor sagrada: una labor que fortalece a las familias y construye comunidades basadas en la confianza más allá de las diferencias.

Y, a veces, ese trabajo empieza con las flores.

«Fortalecimiento de las Familias» ayuda a los padres y cuidadores a superar el trauma, a mejorar sus habilidades parentales y a construir relaciones familiares sólidas que fomenten la fe y el crecimiento espiritual.

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