Por Elket Rodríguez
A plena luz del día, Jesús salió a caminar entre la multitud, y allí encontró rostros expectantes — inocentes, llenos de vida, de curiosidad, de ternura. Eran niños. Si Él los llamó o ellos se acercaron es irrelevante; lo que importa es lo que ocurrió después: los puso en el centro.
Sí, esos seres sin estatus, vistos como objetos por sus padres, no-personas, sin voz, sin derechos, sin reconocimiento, dependientes; mocosos que interrumpían las escenas cotidianas.
Sí, en una era en que muchos niños no llegaban a la adultez. En tiempos en que padres romanos podían abandonar bebés no deseados o niños con discapacidades.
Según los discípulos, Jesús, el Hijo de Dios, tenía asuntos más importantes. El rabino Jesús debía enfocar su atención en los influyentes, organizar el movimiento, manejar enseñanzas, debates, discursos.
Pero para Jesús, los niños eran el centro: metáforas perfectas del ser humano—o “el cristiano” al que aspiramos hoy —tesoros del corazón de Dios y representantes del Reino. “Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis.”
No hay tema más importante que los niños. Sí, los de Israel y los de Gaza. Los estadounidenses y los mexicanos. Los canadienses y los venezolanos. Todos. Son tan importantes que se convierten en barómetros de la moral, del pecado y de cuánto de Dios hay en un pueblo. Estos habitantes del Reino son a quienes estamos llamados a servir como primer acto de piedad religiosa.
Sin embargo, en la actualidad, nuestro propio gobierno con demasiada frecuencia ha actuado de maneras que socavan esta enseñanza. En los últimos meses, los funcionarios federales han intentado lo siguiente:
- Deportar niños ilegalmente a Guatemala
- Presionar a menores para que se auto deporten —y lo llamó “Freaky Friday”
Mañana, los Estados Unidos enfrenta un precipicio de hambre. Millones de niños —niños estadounidenses— pueden despertar frente a alacenas vacías, a comidas que no llegarán, a cuerpos que pueden pasar hambre; no por destino, sino por decisiones tomadas en oficinas lejos de su llanto.
Tanta crueldad escondida bajo el nombre de Dios, como si los niños fueran mera moneda de cambio. El corazón de muchos, endurecido.
La política no es tan complicada. Es nuestro amor al pecado, al dinero y al poder lo que nos ciega.
Pon a los niños al centro de la política, y lo correcto se vuelve evidente. ¿Tienes duda de lo correcto? Pon a los niños al centro.
Así como los discípulos no veían con claridad, no son los niños quienes complican el panorama. Es nuestra propia perversidad y depravación. Nuestro propio odio, velado como justa ira cristiana. Muchos bautizan su amargura, llaman convicción a su crueldad, confunden castigo con santidad, visten de Biblia su prejuicio y ven fortaleza en la debilidad, virtud en el pecado.
El gesto de Jesús fue profundamente contracultural. No fue una tierna ilustración de dulzura espiritual; fue un acto profético que confrontó el orden social de su tiempo. Y nos confronta hoy.